Estaba considerando hacer otro capítulo de esta serie porque creo que es un tema muy amplio y a la vez muy práctico, cuando me topé de bruces con tres «miniartículos» de mi buen hermano Carlos Fumero Jensen. He de decir que no tengo el gusto de conocerlo en persona, pero sí que hemos hablado privadamente, y también a través de las redes acerca de este tema que tenemos en común, en pasión y en el corazón. De su pluma sale en buena parte este artículo y, aunque haré algún comentario y ampliación (con el permiso del autor, por supuesto) no obstante, lo que él escribe da para mucho y para pensar. Y, de eso va este blog. Así que toda la letra que está en diferente color, es una cita íntegra del hermano Carlos. Aviso a navegantes..😅 Comencemos:

Hay algo que debemos revisar en nuestro liderazgo: una iglesia no madura cuando todo depende del pastor, sino cuando cada vez más personas son capacitadas para servir, cuidar y hacer discípulos.
Jesús no construyó su misión alrededor de hacerlo todo Él. Llamó a discípulos, caminó con ellos, les enseñó, les dio responsabilidad y finalmente los envió. El discipulado bíblico no termina en seguir a Jesús; nos lleva a participar activamente en su misión formando a otros.
Por eso, delegar no es simplemente repartir tareas. Es confiar, acompañar, formar y dar espacio para que otros crezcan, incluso permitiendo que hagan algunas cosas de manera diferente a nosotros.
Efesios 4:11-12 nos recuerda que el ministerio de los líderes consiste en capacitar a los santos para la obra del ministerio. Y 1 Corintios presenta una iglesia donde cada miembro es necesario y donde vivimos desde la cooperación y la interdependencia.
Quizá la pregunta no sea: «¿Cómo puedo hacer más?», sino:
«¿A quién estoy formando para que pueda hacer lo que hoy hago yo?»
Porque el objetivo no es conseguir más personas que dependan de nosotros, sino discípulos de Jesús capaces de hacer otros discípulos.
Menos centralización. Más capacitación.
Menos dependencia. Más discipulado.
Menos “yo lo hago”. Más “hagámoslo juntos”.
«Lo que has oído de mí… encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros».
2 Timoteo 2:2.
¿Y si la forma en que hacemos Iglesia está impidiendo que la Iglesia crezca? 🔥.

Esta pregunta me está incomodando profundamente.
Durante años hemos estructurado la iglesia para que unos pocos prediquen, lideren, enseñen, cuiden y ministren, mientras la mayoría asiste, escucha y recibe.
Y quizá, sin darnos cuenta, la estructura que creamos para cuidar a las personas terminó impidiendo que las personas crecieran.
Porque cuando los creyentes no descubren sus dones, no asumen responsabilidad, no cuidan a otros, no hacen discípulos y no aprenden a ministrar, no solo se debilita el individuo: se debilita todo el cuerpo.
«De quien todo el cuerpo… recibe su crecimiento para ir edificándose en amor, conforme a la actividad propia de cada miembro.»
Efesios 4:16
Ahí está la cuestión: cada miembro.
📖 Cartas a la Iglesia, de Francis Chan, está siendo una de esas lecturas que me obligan a volver a preguntas esenciales:
¿Cómo sería la iglesia si dejáramos de preguntarnos cómo hacer funcionar nuestras estructuras y empezáramos a preguntarnos cómo quiere Dios que sea su Iglesia?
No necesitamos simplemente iglesias con más gente.
Necesitamos iglesias donde cada discípulo viva como discípulo, cada miembro ministre y todo el cuerpo crezca hacia Cristo.
Este libro incomoda. Cuestiona. Sacude.
Y creo que algunas de esas preguntas necesitamos volver a hacérnoslas.
¿Qué pasaría si todos en la iglesia quisieran servir?
La idea de que todos participen es el ideal. Quizá nunca lleguemos literalmente a todos, pero sí podemos avanzar para que sean cada vez más.
Y esto me lleva a una pregunta que me parece importante: ¿qué pasaría en una iglesia de 300 o 500 personas si todos despertaran a la realidad de que han sido llamados a servir y ministrar?
En una congregación tradicional tenemos un número determinado de programas, ministerios y responsabilidades: limpieza, sonido, acomodación, bienvenida, plataforma, cafetería, escuela dominical, jóvenes, acción social, oración… Algunos permiten incorporar a muchas personas, pero otros tienen necesariamente un número limitado de puestos.
Entonces aparece una tensión interesante: si conseguimos que todos entiendan que tienen dones y que han sido llamados a servir, ¿dónde ponemos a todos? ¿Cómo acompañamos a 300 o 500 personas que quieren participar?
Quizá el problema no esté en conseguir más puestos, sino en cambiar nuestra manera de entender el ministerio.
Si entendemos la iglesia principalmente como el evento del domingo, siempre habrá un número limitado de cosas que hacer. Pero si entendemos la iglesia como una familia y un cuerpo que comparte la vida durante toda la semana, las posibilidades de servir se multiplican.
Ya no se trata solamente de encontrar un puesto, sino de encontrar una persona a la que amar, cuidar, acompañar, animar y servir.
Aquí cobra especial fuerza la teología de los «unos a los otros» del Nuevo Testamento: amarnos unos a otros, servirnos unos a otros, animarnos, exhortarnos, llevar las cargas, perdonarnos, edificarnos y orar unos por otros.
Esto también cambia nuestra manera de entender el discipulado. El discipulado no puede reducirse a una clase o a recibir enseñanza. Necesita relaciones, acompañamiento continuado y vida compartida.
Por eso creo tanto en los grupos pequeños. No porque sean otro programa más de la iglesia, sino porque crean espacios donde las personas pueden ser conocidas, cuidadas y capacitadas para cuidar a otras. Espacios donde los dones pueden desarrollarse de una manera mucho más orgánica y donde el ministerio deja de pertenecer solamente a unos pocos.
Y todo ello con un propósito: hacer discípulos de Jesús que hagan nuevos discípulos, incorporándolos a una familia donde ellos también aprenderán a cuidar y servir a otros.
Tal vez nunca consigamos que literalmente todos participen, pero podemos construir una cultura donde cada vez sean más los que entiendan:
«Yo también soy parte del cuerpo. Yo también tengo dones. Yo también puedo cuidar a alguien. Yo también puedo ministrar».
Porque uno no puede cuidar a todos, pero todos podemos cuidar a uno.
Y quizá ahí esté una de las claves para una iglesia de 300, 500 o 1.000 personas: no conseguir que unos pocos hagan cada vez más, sino capacitar a muchos para que cada uno aprenda a cuidar, servir y hacer discípulos de otros.
Cuando leía todo esto me daba por pensar en frases que he escuchado a lo largo de mi vida eclesial en diferentes trasfondos. Cada una de ellas revela una visión pequeña acerca de lo que es iglesia y contrasta directamente con lo que acabamos de considerar. Dime en los comentarios si te resulta familiar alguna de ellas:
- «No vemos urgente el discipulado» – Curiosamente esto que no veían urgente unos hermanos, es uno de los dos grandes encargos de Jesús antes de su ascensión al cielo. «Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:19). Que no se vea urgente resulta, cuanto menos, chocante.
- «Antes de empezar a discipular, pruebo a las personas y, si veo potencial, lo realizo. Si no veo potencial, Dios puede obrar en ellos, pero yo no». – Esta frase me la dijeron en persona cuando tenía 20 años. Lo que me vino a la mente es una pregunta que golpeaba mi cabeza una y otra vez. He de confesar que no pronuncié lo que pensaba. «¿Bajo qué poder está discipulando este hermano?» No se trata de que juzgara a la persona, simplemente recordaba las palabras de Pablo en Colosenses 1:27-29. Para Dios no hay discípulos imposibles
- «No veo a nadie para ser anciano/pastor/obispo» – He de decir que la persona que decía esto llevaba en aquel momento una trayectoria de más de 30 años en el pastorado. Si en 30 años o más, no se ve a nadie, hay que plantearse qué se ha estado haciendo en todo ese tiempo. Si encima se ponen esperanzas todavía en generaciones futuras, ese salto no es normal.
- «El discipulado lo han de hacer sólo los ancianos» – Esto es algo totalmente ajeno a lo que muestran las Escrituras. Lo que es cierto es que todos debemos evangelizar (es la otra encomendación de Jesús), pero también hay evangelistas. Todos debemos procurar profetizar, pero hay profetas en la iglesia. Asimismo todos hemos de discipular, pero hay maestros especialistas en ello. Limitar el discipulado a una «élite» es no entender el discipulado.
Con toda seguridad se podrían añadir muchas más frases y/o situaciones que distorsionan la visión y la acción bíblica del discipulado y la Iglesia. No es la intención de citarlas todas. Tampoco es la intención condenar a nadie, sino que es un intento de sacudir nuestras mentes, nuestros corazones y ponernos delante de Dios para tomar decisiones que nos lleven a acciones concretas para aprovechar el tiempo que tenemos aquí. Y, déjame decirte, hermano, hermana que NO es tarde. Pero hemos de hacer un ejercicio de honestidad brutal con nosotros mismos, con el Señor y con los demás.
¿Estás dispuesto/a?

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