Hoy os traigo esta respuesta de un lector amigo y hermano en la fe al anterior artículo. Creo que el contenido merece mucho la pena y con su permiso os lo comparto. Como siempre, espero que os sea de edificación y, al final, espero vuestros comentarios.

Querido Rubén:

Le he dado un poco de vueltas a este tema. La realidad acuciante del mismo me inquieta hace años. Quiero aportar con mucho respeto la siguiente exposición:

La predicación expositiva es una herramienta muy buena cuando no intenta ocupar el lugar del Espíritu.

Rubén, he leído con interés el artículo sobre la predicación expositiva y agradezco que alguien recuerde que ningún método humano debe recibir la autoridad que pertenece únicamente a la Palabra de Dios. Sin embargo, tengo la impresión de que, en el deseo de corregir un desequilibrio, el artículo termina desplazando el péndulo hacia el extremo opuesto, es una impresión.

No creo que el verdadero debate sea entre predicación expositiva y predicación temática. Ese no es el problema. La cuestión es mucho más profunda: ¿Quién gobierna el púlpito? ¿La Escritura? ¿El método? ¿La academia? ¿O el Espíritu Santo iluminando la Escritura?

La predicación expositiva no nació de un laboratorio teológico. Nació de una necesidad espiritual. La Iglesia necesitaba volver a escuchar la voz de Dios por encima de la voz de los hombres. Durante siglos, demasiados púlpitos habían sido ocupados por tradiciones, opiniones, especulaciones e intereses personales. La Reforma tuvo el enorme acierto de devolver el protagonismo al texto bíblico. Fue un auténtico acto de humildad: permitir que fuera la Escritura la que marcara el camino del predicador y no el predicador quien escogiera únicamente aquellos textos que respaldaban sus preferencias.

Ese servicio prestado a la Iglesia merece nuestro reconocimiento. Gracias a esa recuperación, generaciones enteras aprendieron a recorrer libros completos de la Biblia, descubrieron la unidad del plan redentor y fueron protegidas de no pocos errores doctrinales.

Pero toda bendición puede convertirse en un peligro cuando deja de ser una herramienta para convertirse en un sistema cerrado.

La Biblia nunca canonizó un método de predicación. Canonizó un mensaje. Y ese mensaje fue proclamado de maneras extraordinariamente diversas. Por ejemplo, puedo hacer notar entre las diversas virtudes de estos personajes bíblicos lo siguiente:

Moisés exhorta.
Natán cuenta una historia.
David canta.
Isaías levanta la voz como un centinela.
Jeremías llora antes de hablar.
Ezequiel predica con gestos que escandalizan.

Jesús enseña mediante parábolas, preguntas, silencios, diálogos, exposiciones de las Escrituras y hasta contemplando las aves del cielo o los lirios del campo.

Los apóstoles tampoco caminaron por un único carril. Pedro interpreta a los profetas. Esteban recorre toda la historia de Israel. Pablo razona en la sinagoga, dialoga en el Areópago y escribe algunas de las exposiciones doctrinales más profundas del Nuevo Testamento.

¿Cómo podríamos encerrar toda esa riqueza en un único molde?

Mi preocupación no nace de la predicación expositiva. Nace cuando el método comienza a ocupar el lugar que solo corresponde al Espíritu Santo. Y aquí quisiera detenerme:

Tengo la impresión de que parte de la predicación contemporánea ha quedado excesivamente influida por la academia. Amo el estudio. Quien me conoce sabe también que amo las lenguas bíblicas. Amo la arqueología, la historia y la exégesis seria. La Iglesia necesita hombres que estudien profundamente las Escrituras.

Pero el aula y el púlpito no son el mismo lugar.

En el aula se forman investigadores. En el púlpito se forman discípulos.

Cuando olvidamos esa diferencia, el sermón corre el riesgo de convertirse en una conferencia. La congregación aprende hebreo, descubre estructuras literarias y admira el conocimiento del predicador, pero quizá salga sin haber caído de rodillas delante de Dios, sin sanar y resimir más aún su corazón.

Y ahí debemos hacernos una pregunta incómoda.

¿Estamos formando expertos en analizar la Palabra… o hombres y mujeres transformados por la Palabra?

El judaísmo histórico comprendió algo que quizá necesitamos recuperar. La Torá nunca fue concebida como un tratado para especialistas.

La Torá es instrucción, esa es la raíz de la palabra Torá. También es camino. Es dirección.
No fue dada simplemente para ser explicada.

Fue dada para ser vivida.

En la sinagoga no solo se interpretaba el texto. Se preguntaba. Se dialogaba. Se memorizaba. Se relacionaban unos pasajes con otros. Se contaban parábolas. Se buscaba que la Palabra descendiera de la cabeza al corazón y del corazón a los pies.

Porque la fe bíblica siempre termina caminando.

Jesús heredó exactamente esa manera de enseñar.

No vino a ofrecer un nuevo método homilético. Vino a revelar plenamente al Padre.

Por eso unas veces abrió Isaías y explicó el texto. Otras contó la historia de un hijo perdido. Otras señaló un sembrador. Otras levantó la vista hacia unas aves. Todo era ocasión para conducir a los hombres hacia Dios.

Ese sigue siendo, creo yo, el verdadero propósito de toda predicación. No demostrar cuánto sabemos. Sino ayudar e intentar conducir al pueblo hasta la presencia del Señor.

Quizá la pregunta decisiva no sea si un sermón es expositivo, temático o narrativo. Para mi, las preguntas verdaderamente importantes son otras.

¿Ha nacido del texto inspirado?

¿Ha sido preparado de rodillas?

¿Exalta a Cristo?

¿Llama al arrepentimiento?

¿Produce obediencia?

¿Hace amar más la santidad?

¿Hace amar más a Dios?

Porque un sermón puede ser impecablemente expositivo y no dejar ninguna huella eterna. Y un sermón temático puede ser profundamente bíblico si todo él permanece sometido a la autoridad de las Escrituras.

No necesitamos menos estudio. Necesitamos menos autosuficiencia.

No necesitamos menos exégesis. Necesitamos más quebrantamiento.

No necesitamos abandonar la predicación expositiva. Necesitamos impedir que ocupe un trono que nunca le perteneció.

Porque el púlpito nunca fue levantado para exhibir la brillantez del predicador.

Fue levantado para que Cristo sea visto.

Moisés descendió del Sinaí con el rostro resplandeciente porque había estado delante de Dios. Nunca pidió al pueblo que admirara su rostro; los condujo hacia Aquel que lo había iluminado. Ese sigue siendo el llamado de todo verdadero predicador.

Cuando el método sustituye al Espíritu, la Iglesia pierde libertad.

Cuando la emoción sustituye a la Escritura, la Iglesia pierde fundamento.

Pero cuando la Palabra gobierna, el Espíritu vivifica y el predicador desaparece detrás de Cristo, deja de importar el nombre del método. Entonces sucede lo único que realmente importa: Dios vuelve a hablar a su pueblo.

Pido a la academia  que retome sus significativas sendas y siga observando, que la verdadera sabiduría e inteligencia ante las naciones, es lo que el mismo Creador expone en Deuteronomio 4:6 – «‘Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta.’

Nuevamente, gracias «ACADEMIA», por lo que nos has brindado hasta hoy , y sugiero que guardes mejor tu lugar, no es casa para Dios lo que edificas, es más sabio y prudente aceptarlo. Porque así dice el Señor:

«Yaavwh dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Yahaveh; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.» Isaías 66:1-2

Pastor Shai Shemer.

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