«Jesús dijo: Yo soy la resurrección y la vida;
el que cree en mí, aunque muera, vivirá.»
(Juan 11:25)

Hoy me he enterado de la partida de una de las personas que he mencionado varias veces a lo largo de los años que lleva este espacio online. Lo cierto es que podría escribir muchas cosas acerca de ella y los motivos por los que ha resultado una persona entrañable para mí, para mis padres y para todas las personas que han podido tratar con Carmiña y con Jaime (claro, resulta muy difícil disociarlos). No obstante, creo que esta vez la dedicatoria merece la pena que esté hecha por la pluma de Jaime Fernández Garrido, su hijo.

<Creo que hay muy pocas personas que conozcan a Carmiña y no hayan estado en su casa, con ella y su marido Jaime, con sus hijos, con la familia… No solo cocinaba para todos (recordaremos siempre sus deliciosas comidas); también abría su hogar  para quienes que necesitaban descanso, para los que atravesaban situaciones complicadas, para los que querían saber más del Señor y recibir consejo ¡para todos sin excepción! A lo largo de más de setenta años, literalmente fueron miles de personas las que fueron hospedadas, comieron, o simplemente pasaron una tarde feliz disfrutando de conversaciones, historias y ¡por supuesto! pasteles.


Conocimos también a todos los misioneros y misioneras que visitaban Ourense, porque se quedaban en su casa, ¡siempre había lugar para todos! Después de ayudar en el trabajo en la carpintería y en la tienda de muebles, siempre encontraba tiempo y fuerzas para atender a todos. En ese sentido, su labor ministerial fue admirable: no importaba el momento del día o de la noche, el teléfono de casa siempre sonaba para avisar de quién estaba enfermo o necesitaba ayuda y ¡también! quién tenía una buena noticia: a las cuatro de la mañana nos enterábamos del nacimiento de un bebé en la iglesia, casi antes que la propia familia. Todos tenían confianza para llamar porque sabían que eran acompañados en cualquier momento, fuera bueno o malo. Esa manera de vivir la vida cristiana nos marcó a todos, porque realmente se preocupaba por cada persona: sabía lo que cada uno estaba pasando, si había algo que hacer, o simplemente si llevaba tiempo sin venir a la iglesia o no, y había que ir a darles un abrazo… Aprendimos mucho de Jesús como nuestro Pastor, al ver cómo ella quería cuidar a todos.


Con todo, lo que más agradecemos, fue su oración constante por cada uno de nosotros; por toda la familia y por cada persona que conocía, creyentes y no creyentes. Su cariño aconsejándonos y desafiándonos siempre a estar cerca de Jesús, marcó nuestra vida. Era imposible estar con ella y no salir pensando en el Señor.

Hasta la última semana de su vida aquí, seguía cantando a pesar de su enfermedad y su dolor. Todos los que la visitaban, la escuchaban entonar una de sus canciones favoritas:

«¡Es mi gozo tanto,
Que sin cesar yo canto
Al Señor Jesús!

¡Él me da alegría
Y sacia el alma mía,
Con su santa luz!

Antes extraviada, por mil sendas caminé
Más Cristo por su gracia, me salvó con su poder;
Hoy, llena de alegría
Canta el alma mía:
¡Gloria a Él!»

Ese era una de las motivaciones de su vida: alabar a Dios. Todos crecimos escuchándola cantar mientras trabajaba, cocinaba, paseaba… Siempre tenía una canción en su corazón y en sus labios. Además, sabía recordarnos esas melodías en muchos momentos difíciles, o en situaciones de prueba, o cuando aparecían las dudas. Dios la llevaba a cantar exactamente lo que necesitábamos oír cada uno.


Y, por si fuera poco, siempre tenía algún versículo de la Biblia para recordarte el amor y el cuidado de Dios. Hasta con sus nietas y nietos, desde que eran niños, les recordaba, una y otra vez, uno de sus salmos preferidos, para que lo aprendieran de memoria:

«En paz me acostaré y así también dormiré;
porque solo tú, Señor, me haces vivir seguro.»  (Salmo 4:6-8)

Por eso, aún en los últimos momentos, cuando su mente parecía ir perdiendo el sentido, la Palabra de Dios salía de sus labios: estuvo siempre tan enraizada en su corazón, que ni siquiera la enfermedad logró sacarla de ahí. La iglesia, y el mundo en general necesita más “Carmiñas” que alaben a Dios, que sirvan a todos y que se preocupen por las necesidades de los demás. Ese fue su ejemplo amando al Señor Jesús, y ese es el legado que nos deja a nosotros.

El mejor final para este pequeño recordatorio, es una melodía muy conocida, a la que Carmiña puso letra; refleja perfectamente su deseo de que todos conozcan al Señor: 

«Yo tengo un amigo que yo he conocido,
cuando perdida me encontraba yo,
me puse en sus brazos, agonizando
y este Amigo, Él me rescató.

coro:
Eres mi amigo, mi buen Pastor,
mi Sacerdote, mi Mediador,
yo te agradezco mi salvación,
pues por tu gracia, al cielo yo voy.

¿Quién será el siguiente – yo me pregunto –
que el agua viva quisiera beber?
No esperes más tiempo, entrégate ahora
y vida eterna tú vas a tener.

Ven a este amigo, ven sin demora,
a Jesucristo, el Salvador;
Él dio su vida, en el calvario
para salvarte a ti, pecador.»>

Texto íntegro de Jaime Fernández Garrido. Usado con permiso del autor.

En la última vez que pude visitarlos a los dos
Con el señor Jaime. Estábamos los dos muy emocionados

Unas últimas palabras a título personal del editor: Puedo suscribir por experiencia propia todo lo que Jaime Fernández Garrido escribe acerca de Carmiña. Estoy seguro de que hay muchas anécdotas que muchas personas podrían contar de las variadas personas que pasaron por aquella casa. El penúltimo párrafo en su parte final dice que la iglesia y el mundo en general necesitan de más Carmiñas. Estoy de acuerdo pues Jaime y Carmiña siempre han sido un refugio al cual poder acudir, ser atendido y además también era una persona cuyo interés y preocupación por las personas era genuino. Es mi propósito que mi casa, mi familia y todo lo que soy sea esa clase de refugio, atención y cuidado como lo fue Carmiña. Como lo es Cristo para todo aquel que acude a Él.

«Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.»

Apocalipsis 14:13