
Dios ha dado a cada niño ciertos derechos por el mismo hecho de haber nacido. Jesús demostró esto en numerosas ocasiones. Mateo, Marcos, y Lucas nos cuentan acerca de cierta vez cuando a Jesús le trajeron unos niños para que Él pusiera Sus manos sobre sus cabezas y orara por ellos. Jesús observó que Sus discípulos trataban de decirles que se fueran. ¿Y qué hizo entonces? «Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios… Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.» (Véase Marcos 10:13-16.) iQué atractivo!
Con frecuencia Jesús utilizó a niños como ejemplo para mostrar lo que la conversión ha de producir. «Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:2, 3).
Dios usa a los niños para enseñarnos muchas otras lecciones vívidas. Una de las mayores de éstas es para enseñarnos la relación que Él tiene con Sus hijos. «El Espiritu mismo da testimonio a nuestro espiritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Romanos 8:16, 17). ¡Qué privilegio!
Estas referencias nos muestran que los niños tienen un lugar especial en el corazón de Dios. Jesús presenta bien claramente que a ÉI le importa cómo se tratan a estos pequeños. «Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar… Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:6, 10)
La atención que Jesús prestaba a los niños nos puede enseñar muchas lecciones prácticas sobre la forma cómo Él quiere que criemos a nuestros hijos. Dios quiere quenuestros hijos tengan la atención y las seguridades que Él mismo da a Sus hijos ya adultos. ÉI nos hace a nosotros padres responsables de proveer esa atención y seguridad.
Los derechos de que hablamos aquí no son como los derechos del niño de la ley civil que si son dados a nuestros hijos, podrían acarrear su propia destrucción. Hablamos acerca del derecho que nuestros hijos tienen de recibir tratamiento y cuidado adecuados, que ayudarán a dirigirlos en la dirección correcta.
Los derechos que planeamos discutir son bien sencillos. Muchos padres proveen a sus hijos estos derechos en forma casi instintiva. Pero aún hallamos valor en recordarnos a nosotros mismos de estas cosas básicas que Dios espera de nosotros, y siendo que nosotros somos padres, Él espera que asumamos la direccion en este asunto.
Los hijos tienen el derecho a ser amados
El amar a nuestros propios hijos es algo tan natural que Dios usa el ejemplo del amor de una madre para indicarnos cuánto Él ama a Sus propios hijos. También Él dice que se compadece de Sus hijos como un padre se compadece de los suyos. Como padres, apreciamos el amor de Dios de una forma nueva cuando nos damos cuenta de que Él nos ama aun más que nosotros podemos amar a nuestros propios hijos.
Un niño a quien sus padres aman en forma adecuada entiende el amor de Dios para él. Su amor también provee el sentimiento profundo de seguridad, que cada niño tiene derecho a tener. Y el amor de sus padres le preparará al niño para amar a los demás de forma cada vez más madura mientras que va creciendo.
El amor deberá mostrarse en la vida diaria. Podemos expresarlo de muchas formas comunes y ordinarias. En efecto, quizás todo cuanto vamos a discutir en el presente artículo pudiera catalogarse de diferentes formas de mostrar el amor en la vida diaria.
Demostrar afecto a los niños es algo importante. Aún los bebés recién nacidos lo pueden sentir. En algunos hospitales infantiles se ha descubierto que los bebés que no son tocados o acariciados no crecen en forma normal, como aquellos a quienes se les dan amorosos cuidados. Los padres no deberían sentirse avergonzados de mostrar amor para con sus hijos. Aunque los diferentes padres tienen estilos diferentes, y aunque el método haya de cambiar a medida que los niños van creciendo, deberá siempre ser bien evidente que nuestros hijos son muy especiales a nosotros y que los amamos.
Tome tiempo para dar muestras de cariño. Debemos evitar caer en la trampa de creer que nuestros hijos tienen que entender esto o aquello sin decirles o demostrarles. Hemos de dejar a un lado nuestras tareas para mirar sus dedos lastimados o para ayudarlos con sus problemas. Debemos mostrar apoyo cuando tengan alguna decepción. Debemos también sacar tiempo de nuestros pensamientos adultos para escuchar – realmente escuchar- sus charlas, y no tan sólo decir gruñendo: » jMmmjjmm!»
Y mientras van creciendo, debemos recordar que sus problemas les son tan importantes a ellos como nuestros problemas nos parecen a nosotros. El amor es compasivo y siempre trata de ayudar a otros en dondequiera que pueda.
Los hijos tienen el derecho a ser aceptados
Todo hijo necesita saber que él es tan importante a sus padres como los otros hijos. El niño necesita saber que es aceptado como parte de la familia por el hecho de ser quien es y no tan sólo porque se porta bien. El niño necesita saber que lo estamos aceptando sin condiciones.
El tener parcialidad o preferencia por alguno de los hijos es un error. Mientras que el carácter de algunos de los hijos puede ser más compatible con el nuestro que eI carácter de otros, no podemos permitir que eso afecte nuestra aceptación de ellos. Isaac y Rebeca hicieron una diferencia entre sus dos hijos. Esto acarreó mucho dolor y sufrimiento a todos.
Cuando los niños no se sienten aceptados comienzan a hacer cosas para probar el nivel de aceptación de sus padres y lo hacen a veces en formas que no son agradables. Pueden hacer cosas para llamar la atención. Debemos tratar de ayudarles a entender que los aceptamos sin atender a sus exigencias inaceptables. Responder favorablemente cuando se portan mal tan sólo hará que en el futuro se porten peor.
Hay ocasiones en que debemos fijar nuestra atención en alguno de nuestros hijos en particular. Juanito tiene que escuchar que su padre le diga a su hermano mayor: «Jaime nos estás interrumpiendo, pues Juan está hablando.”
El deseo de ser aceptado tiene una conexión con el instinto de pertenencia al hogar. Todos nosotros tenemos ese instinto, incluso nuestros hijos. Todos queremos tener un lugar que podemos llamar nuestro, un lugar acerca del cual podemos decir: «¡Es aquí donde yo pertenezco! Igualmente, buscamos un lugarcito en el corazón y en la vida de otras personas. Y somos nosotros, como padres quienes tenemos la obligación de proporcionar aquel lugar de aceptación para cada uno de nuestros hijos.
Los hijos tienen el derecho a ser guiados por un camino seguro
Los niños son tan confiados. Vienen al mundo bien inocentes y completamente dependientes del cuidado de otros. Ellos creen cualquier cosa que alguien les diga, aun si algo se les dice bromeando. iTuvimos un electricista quien les decía a los niños que él tenía un cuchillo curvado para cortarles a los niños las orejas porque le gustaban las orejas encurtidas! Eso les llegó a preocupar mucho. Aunque ahora bien saben que no era cierto, todavía se acuerdan del miedo que les daba.
Y siendo que ellos confían más aún en quienes les cuidan, es muy importante que los padres sean sus guías correctas. Recordemos lo que Jesús decía en Mateo 18:5, 6. El hacer desviar a un inocente es una de las peores ofensas ante Dios que un padre puede cometer.
Un guía no sólo dice por dónde es el camino; muestra el camino. Lo que un niño ve le impresiona más que lo que se le dice. Nosotros guiamos a otros más con nuestra vida que con nuestras palabras. Dios mantiene que nuestros hijos tienen el derecho a poder seguir a un guía seguro.
Dios les ha dado a los hijos “el instinto de seguir”. iQué trágico y triste cuando padres les dan a sus hijosconsejos erróneos!
Dios les ha dado a los hijos el «instinto de seguir» por su propio bien y también por el bien nuestro. Debemos aprovechar este hecho para guiarles bien. Esto requiere una enorme cantidad de cuidado.
Los hijos tienen el derecho a ser disciplinados
A los hijos esto puede parecerles un «derecho» bastante raro. Pero nosotros bien sabemos que ellos no siempre se mantienen dulces e inocentes. Ellos en sí tienen la naturaleza que les arrastra a la maldad. Si se les deja guiarse por sí mismos, de seguro que se van a dirigir por el camino equivocado. Puede ser difícil creer eso en los primeros años de vida de un niño. Pero la Biblia y el tiempo lo han probado muy bien.
Pero Dios no quiere que los niños se pierdan. Él espera que nosotros los disciplinemos para librarlos de su propia naturaleza destructiva. Él quiere que criemos a nuestros hijos de una forma que se dirijan de vuelta a Dios.
Más adelante discutiremos el asunto de la disciplina, por ahora basta decir que los padres quienes en verdad aman a sus hijos los disciplinan. Hay una conexión entre el hecho de que los niños aprenden a respetar la disciplina de los padres y su voluntad de someterse a la disciplina de Dios cuando llegan a la edad de ser responsables delante de Dios. Los niños que no reciben esta disciplina son robados de aquel “derecho» que Dios quiere que ellos tengan.
Los hijos tienen el derecho a recibir apoyo permanente
Este «‘derecho» se refiere a las etapas de crecimiento hacia la edad adulta en la vida de los hijos. Los padres deben demostrar a sus hijos en forma clara que ellos van a mantenerse al lado de ellos en las buenas y en las malas. No quiere decir esto que les vamos a apoyar en sus travesuras o maldades, sino que ellos deben entender que no les vamos a abandonar aun cuando están a punto de darse por vencidos en alguna lucha. Deberán tener la seguridad de que vamos a seguir apoyándoles aun cuando ya se hayan marchado del hogar.
Tal vez sea necesario repetir: no es que vamos a estar de acuerdo con las maldades que hagan, sino que queremos que nuestros hijos sepan que nuestro amor siempre les sigue y que anhelamos su éxito en lo espiritual y oramos por ello, dispuestos a hacer todo cuanto podamos por ellos. Sin lugar a duda, el saber estas verdades les ha ayudado a muchos hijos ya crecidos a sobrellevar muchas dificultades.
Impresiones verdaderas de apoyo nunca se apartarán de nosotros. Los que han tenido la bendición de saber que sus padres siempre les apoyarían llevan esa certidumbre consigo más allá de la muerte misma del padre; como Abel: «Y muerto, aún habla por ella” (Hebreos 11:4).
El día de edificar ese sistema de apoyo es hoy.
Los hijos tienen el derecho a ser amados de todo corazón por sus padres
El ejercicio de la paternidad es algo más que una serie de reglas que digan sí a esto o no a aquello. No se trata solamente de establecer una serie de normas y vigilar que todos vivan por ellas. El ejercicio de la paternidad encierra el entregarnos por completo a nuestros hijos. Es algo que los niños sienten procediendo de laprofundidad de nuestro interior. Es lo que hace que toda cosa que hacemos les haya de parecer significativa, o por el contrario, insignificante. Eso hasta pudiera infundirnos temor, pero del otro lado nos debiera llenar de consuelo, pues esperamos que nuestros hijos bien vayan a entender que tratamos de hacer lo mejor, aunque a veces no todo salga a la perfección.
De alguna forma, nuestros hijos deberán llegar a entender que los queremos de verdad. Y es cierto que por las naturales diferencias que existen entre las personas, esto va a conseguirse de diversas maneras. Pero ellos necesitan saber que estamos siempre tratando de hacer lo mejor por y para ellos y que cuando les ponemos alguna restricción o castigo es para su propio bien. Solo cuando ellos llegan a sentir la verdad de este principio se sentirán animados a hacer lo que ellos saben que nosotros queremos que hagan.
Padres, propongámonos a proveer estos derechos básicos que Dios quiere que nuestros hijos tengan. A nosotros ellos nos son nacidos, y el cumplimiento de estos deberes es nuestra responsabilidad ineludible y también nuestro gran privilegio. El mantener en mente el cumplimiento y la provisión de estos «derechos” nos da una mejor perspectiva para la ejecución de nuestra gran labor como padres.
Tomado del libro «Vosotros, padres», escrito por David G. Burkholder originalmente en 1995 y reeditado en español por Editorial Vara y Cayado en 2001. Cita totalmente íntegra y corregida por Rubén Fernández
