«Vosotros, padres» es la voz de la autoridad divina. Dios, quien ha hecho los hogares, tiene algo que decir a los jefes de familia. Él habla a los padres en todo tiempo y lugar, incluso el tiempo presente y nuestro propio lugar. 

Dios se interesa intensamente en nuestros hogares, porque el hogar es el sitio de principios. Ahí nueva vida es traída al mundo. Ahí los niños son enseñados y moldeados. Ahí toman forma los valores morales. Ahí se aprenden las disciplinas. Ahí las vidas son formadas,vidas de hijos que siguen y forman sus propios hogares.

Con razón se dice que como son los hogares, así será la nación. Sabemos también que como son los hogares, así será la iglesia. Pero más importante que todo: de nuestros hogares, las almas inician su camino hacia una eternidad sin fin, profundamente influidas por sus comienzos.

Dios ha dado a los padres el encargo solemne de dar orientación a este poderoso proceso. Hay responsabilidades que no podemos evadir. Hay deberes de los cuales tendremos que dar cuenta. Dios ha dado amplia evidencia en Su Palabra de cuán responsables son los padres. EI sumo sacerdote Elí aprendió esta lección de la forma más dura a costa de una tragedia terrible no sólo para él sino también para los hijos a quienes él falló. Pero por otra parte, Dios no guardó en secreto Su placer con los padres fieles. Queremos estar entre aquellos que agradan a Dios y reciben las bendiciones de la obediencia.

Eso es el propósito de este artículo: permitir que Dios nos ayude aquí y ahora. Necesitamos reconocer nuestra responsabilidad y también la inspiración y la orientación necesarias para saber cómo desarrollar esta magnífica labor. En este capítulo vamos a considerar algunas de las cosas que Dios espera de nosotros.

Los padres han de ser personas de confianza

Vosotros, padres» (Efesios 6:4) no es tan sólo una expresión aislada. La Y ata esta expresión a los mandamientos anteriores: «Hijos, obedeced… a vuestros padres,» y «‘Honra a tu padre y a tu madre.» Después de estos mandamientos, Dios da la inmortal promesa «para que te vaya bien»?. Y ahora bien ¿estos mandamientos de obedecer y honrar han de ser sólo la responsabilidad de los hijos? ¿O es la intención de Dios que los hijos reciban alguna ayuda? Por supuesto, Él espera que los hijos reciban alguna ayuda. Es por eso que sigue inmediatamente con el mandamiento para los padres. Los padres han de ayudar a sus hijos por medio de criarlos en la disciplina y la amonestación del Sefor. Ellos no van a obedecer u honrar a nadie a menos que alguien les ayude. Ese deber es asignado al padre.

 Otro aspecto serio del mandamiento a los hijos es lo que se asume acerca de los padres. El mandamiento es la forma que Dios usa para decir a nuestros hijos: «Bien puedes confiar en que este hombre es alguien cuyo ejemplo podrás seguir. Si quieres que te vaya bien en la vida, escucha su consejo.» Pero por supuesto, si hay bendiciones para los hijos que «obedecen» «honran'», los padres han de estar cumpliendo con su deber. Para nosotros los padres, ésa no es una responsabilidad menor. Nuestra convicción y pacto con Dios tienen que ser como un escritor de himnos dijo: «Yo seré fiel, pues hay quienes en mí confían.»

Después de referirse a los hijos, Dios nos habla directamente a nosotros: «Y vosotros, padres…» Nosotros somos responsables no sólo a nuestros hijos, sino también a Dios mismo. Él le ha encomendado a cada padre la crianza de sus hijos en disciplina y amonestación del Señor».

Dios podría haber agregado al mandamiento a los padres, como hizo a los hijos: «Para que te vaya bien». Quizá cuando dijo: «No provoquéis a ira a vuestros hijos» estaba refiriéndose a lo que podría pasar si llegáramos a traicionar la confianza de nuestros hijos. La manera en que criamos a nuestros hijos tendrå mucho que ver con nuestra propia felicidad futura con las desilusiones que podremos experimentar. Ahora es el tiempo de preocuparnos por ser dignos de confianza-y de hacer todo cuanto podamos para criarlos para el Señor.

Los padres han de asumir su responsabilidad personal

Para algunas personas, un padre es alguien que ha engendrado algunos hijos. Esa  definición es correcta desde el punto de vista más simple. Dios mismo dijo a los primeros padres: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28). Pero si Dios tan sólo hubiera querido poblar la tierra, jamás habría destruido los pueblos con un diluvio. El diluvio fue la forma enfática que Dios eligió para decir lo que Él pensaba de las gentes que engendraron hijos e hijas pero no asumieron la responsabilidad de criarlos en el temor de Dios. 

Pero los desastres del pasado tampoco significan que Dios ahora mira con poca seriedad la posibilidad de criar familias según los principios de Dios. Dios nos dio otra señal bien clara cuando salvó a la familia de Noé, la única familia justa que quedaba, y la utilizó para reproducir la raza humana. Él aún hoy día quiere utilizar a padres fieles. 

Nótese aquí que Dios se dirigió a Noé, y no a su esposa. Los padres han de tomar la responsabilidad de bienestar de la familia. El mandamiento en Efesios 6:4 nos impresiona con esto. Nótese que en la Biblia todos los mandamientos directos de Dios con respecto a la crianza de los hijos son dados a los padres. Naturalmente, las madres también están grandemente comprometidas en esta labor, tal como el libro de los Proverbios lo señala. Discutiremos este aspecto más adelante…

Dios le ha asignado al padre el papel de ser la principal figura de autoridad en la vida de los hijos. En un sentido, en los ojos del niño, el padre representa a Dios. Mientras el padre ejerce Su autoridad, el niño desarrolla su idea de cómo es Dios La forma en que el hijo respeta y obedece a Su padre afecta grandemente su concepto de cómo se debe obedecer y respetar a Dios.

La tendencia que los hijos tienen a estimar a sus padres es una tendencia que Dios ha infundido en ellos. Probablemente puede recordar esto con relación a su propio padre. ¿Se acuerda de cómo siempre pensaba que su padre lo sabía todo y podía hacer cualquier cosa? Y a menos que él le haya traicionado por completo, Su palabra aún ha de llevar un nivel de autoridad del que no se puede escapar. «La honra de los hijos, sus padres’ (Proverbios 17:6) nos dice que los hijos naturalmente admiran a sus padres

Hoy en día, aquellos padres somos nosotros. iQué responsabilidad! ¿Le parece demasiado grande?

Los padres han de buscar apoyo en Dios

De verdad, nuestra primera reacción frente a toda esta responsabilidad es de sentirnos agobiados. Piense en las cuántas veces que personas como usted o yo hemos desilusionado ya a nuestros hijos. Preguntamos: “¿Cómo puede un hombre mortal ser suficiente hombre no sólo para llegar a tener hijos, sino también para criarlos adecuadamente?” El hecho es que no hay hombre mortal que pueda hacerlo. Nadie es lo suficientemente sabio o fuerte para criar hijos, bien sea por sí solo o con la ayuda de algún otro humano.

¡Pero hay esperanza! No es necesario que intentemos criar a nuestros hijos solos. Dios no espera que así lo hagamos. Él ya sabía que no éramos capaces de desarrollar la tarea mucho antes de que nosotros mismos nos diéramos cuenta. Él quiere guiarnos y ayudarnos. Lo que es aún mejor, sin importar qué sinceros seamos en la tarea de ser buenos padres, ¡Dios está aún más ansioso por ver que tengamos éxito que lo que nosotros podemos estar!

El Salmo 127 comienza expresando esta gran verdad: «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia. Por demás es que OS levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño» (versículos 1, 2).

Todo hombre que no sea cristiano debe temer llegar a ser padre. Tal hombre puede laborar desde temprano hasta bien tarde y, aun así, fallar. Pero todo aquel que permita que el Señor edifique su casa podrá confiar en que Él le ayudará, y así hallará reposo en medio de esta ardua tarea.

El tercer versículo de este Salmo añade más a la explicación de por qué y cómo Dios quiere ayudar: «He aquí, herencia de Jehová son los hijos,» Los hijos no sólo vienen del Señor, sino que todavía pertenecen a Dios. «He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía» (Ezequiel 18:4). Nosotros no somos dueños de nuestros hijos; somos tan sólo mayordomos manejando lo que es la propiedad de Dios: las almas de nuestros hijos. Ciertamente esto quiere decir que somos responsables a Él, pero significa aun más. Quiere decir que Dios proveerá todo cuanto necesitemos para el cuidado de Sus hijos que Él nos ha encomendado. iQué consolador es el hecho de que podamos contar con Él para que nos ayude! Nos toca a nosotros entonces buscar Su apoyo.

Los padres han de ver la importancia del tiempo presente

En el versículo 4 del mismo Salmo, Dios presenta un interesante cuadro para ayudarnos a entender el mensaje. «Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud.» Si alguna vez trató de fabricar flechas cuando fue niño, se acordará de que la hora de hacer una flecha bien proporcionada, que vaya a volar lo mejor posible, es antes de lanzarla al aire, y no después. Y también se acordará de que la hora de apuntar la flecha adonde desea que vaya a pegar es cuando hala la cuerda no cuando ya la flecha vaya por el aire. Pues una vez haya soltado la flecha, ya no la tiene más en la mano. 

La ilustración no es del todo perfecta, pues con frecuencia podrá correr y recoger la flecha, arreglarla, y volverla a disparar con más cuidado. Pero podemos criar a los hijos tan sólo una vez. No podemos volver a criarlos de nuevo. Por tanto, la hora de dar forma a esas flechas que sean derechas y puntiagudas es ahora -antes de lanzarlas.

Cualquiera que haya criado hijos le dirá que el tiempo es corto. Los hijos nacen; pronto son de edad escolar; de repente son adolescentes; y antes de mucho tiempo se van del hogar. Por supuesto esperamos influir a nuestros hijos cuando ya sean adultos. Usualmente podemos. Pero acuérdese, tan bien como los preparamos mientras están en el hogar afectará nuestra habilidad para ayudarlos después. Si somos descuidados, negligentes, les fallamos cuando son menores, rechazarán nuestros consejos y ayudas más rápidamente en su vida adulta que si saben que hicimos lo mejor que pudimos mientras crecían.

Queda más que aprender de la flecha. Tiene que ver con el futuro

Los padres necesitan ver el potencial de sus hijos

La Biblia nos dice en este salmo que las flechas se hallan en las manos «del valiente». Eso nos puede parecer confuso, especialmente si como padres no nos sentimos muy poderosos. Pero este pasaje no significa necesariamente que lo somos. Más bien quiere decir que nuestros hijos son como flechas que vuelan bien lejos impulsadas por una fuerza poderosa. En términos de distancia geográfica, logros personales, o gran sufrimiento no tenemos idea de cuánta pueda ser esta distancia. Pero una cosa sabemos -y esto representa una distancia aún mayor que todas las anteriores puestas juntas- aquellas flechas nuestras vuelan hasta la eternidad. ¡Ellas habitarán o en el cielo o en el infierno!

Otro factor que debemos reconocer mientras nos dedicamos a preparar nuestras flechas es que también habrá otras fuerzas que van a afectar nuestras flechas. Los vientos que soplan de la sociedad malvada que nos rodea tienden a virar nuestras flechas del camino correcto. También vientos contrarios de las labores y cuidados de esta vida pueden detenerlas. Por otra parte, las influencias cristianas, como vientos favorables, pueden hasta incrementar su velocidad y extender su distancia. También nuestros hijos hacen decisiones por sí mismos por las cuales tendrán que responder. Pero usualmente los hijos vuelan básicamente en la dirección a la cual fueron lanzados. Eso debe darnos ánimo.

Otro aspecto «»valiente» de la paternidad es el número posible de flechas que lanzamos hacia el futuro. Si el Señor tarda, nuestros hijos criarán a otros hijos, quienes también criarán a otros hijos. El número posible de descendientes aumenta entonces con una velocidad impresionante. Supongamos que usted tenga dos hijos. Si cada uno de ellos tenga dos hijos y cada uno de estos hijos tenga dos hijos, al cabo de diez generaciones, ¡usted tendrá más de dos mil descendientes! O si cada uno tenga tres hijos, ihabrá más de ochenta y ocho mil! Y la forma en que criemos la generación presente podría llegar a marcar la pauta del comportamiento de muchas generaciones futuras. Probablemente ha visto a padres quienes orientan a sus hijos hacia el mundo en lugar de hacia Dios. Pronto hay nietos que casi ni han oído del camino de Dios, porque han sido orientados hacia el mundo.

El versículo 5 del Salmo 127 nos indica otro potencial que debiéramos tratar de conseguir: «No será avergonzado cuando hablare con los enemigos en la puerta,» Notemos dos cosas. Primero, no se sentirán avergonzados debido a una vida justa y honorable. Segundo, hablarán con el enemigo en la puerta. ¿Se entremezclarán y harán concesiones con el enemigo? iPor supuesto que no! Ellos estarán allí como parte del ejército del rey ayudando a guardar y a defender la ciudad. Ellos van a contarse entre aquellos que enfrentarán y resistirán al enemigo. ;Cuánto ánimo da a los padres cuando sus hijos luchan junto con ellos en la gran causa de Cristo! jQué satisfactorio cuando los hijos alzan el estandarte de la verdad, lo cargan fielmente durante toda su generación y luego lo pasan a la siguiente!

Hasta ahora tan sólo hemos considerado las metas eternas que tenemos para nuestros hijos. Pero hay también potencialidades de carácter práctico que quisiéramos que nuestros hijos experimenten. Queremos que ellos sean siempre justos y que hagan contribuciones valiosas donde vivan. Queremos que demuestren las virtudes de la cristiandad en su vida diaria.

Sobra decir que cada padre sincero desea la salvación para sus hijos en la vida por venir. Pero lo que el padre desee para sus hijos en esta vida presente puede hacer dificil que ellos alcancen la meta celestial. Esto pudiera suceder si a los hijos se les empuja demasiado a llegar a ser exitosos y aceptados en la comunidad e igual a todos los demás en el logro de éxitos terrenales, o si la aceptación social y la comodidad llegan a ser más importantes que la búsqueda de los caminos de Dios.

Entonces las metas terrenales que tenemos han de estar alineadas con nuestras metas celestiales. Debemos animar a nuestros hijos a buscar primero el reino de Dios a alinear todas sus otras metas terrenales con la meta principal. Todos estos potenciales han de mantenerse siempre en perspectiva mientras preparamos nuestras flechas para su vuelo. La preparación adecuada requiere un equilibrio entre estas perspectivas para tener la certeza de un viaje seguro.

¿Cómo deben sentirse los padres mientras se ocupar en esta gran labor? ¿Deberán arrepentirse de haber comenzado? ¿Han de sentir que todo esto es una carga demasiado pesada? Pues, veamos ahora lo que Dios dice sobre esto.

Los padres han de disfrutar su llamamiento

Pasamos por alto este pensamiento hasta ahora porque queremos terminar con este tema. «Cosa de estima el fruto del vientre… Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos» (versículos 3, 5). Para muchos hombres del mundo, el fruto del vientre es una molestia o aún una maldición. Pero el cristiano tiene una visión enteramente distinta de sus hijos. Él sabe que son del Señor y que son como un premio para ambos él y el Señor. Él los estima como un regalo muy especial de Dios. Mientras que los cría con gran cuidado. le traen profunda satisfacción y gran regocijo. EI apóstol Juan lo dijo muy bien en su tercera epístola: «No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.”

Por lo general, a la gente le gusta mucho obtener una ganancia grande de una inversión pequeña. Los padres serios no tratan de tener éxito haciendo inversiones pequeñas, pues invierten toda su vida en la crianza de sus familias. Pero la ganancia hará que la inversión se vea pequeña en comparación con los resultados piadosos.

 Cierto hombre sabio lo dijo así: «iLa tierra que tenemos es pobre y la cosecha pequeña, pero en ella estamos criando hombres!» Él sabía que un padre no obtendría las ganancias mayores de los empleos naturales sino de los hijos que cría. ¿Puede el Señor contar con nosotros como padres, para dar nuestro mejor esfuerzo al cumplimiento de nuestro llamado?

Tomado del libro «Vosotros, padres», escrito por David G. Burkholder originalmente en 1995 y reeditado en español por Editorial Vara y Cayado en 2001. Cita totalmente íntegra y corregida por Rubén Fernández