Desde aquel incidente vimos a Terry casi a diario, y el tiempo en su compañía se nos hacia siempre corto. Él nos guió por toda aquella campiña, mostrándonos los nidos más escondidos, que sólo él conocía, así como las cuevas y madrigueras. Nos enseñó a identificar a muchos animalillos del bosque por sus huellas y a reconocer los gruñidos o los gritos de llamada de muchos de ellos, y también el cantar o piar de las aves y su distinto significado bien fuera de temor, aviso, llamada, reto, etc. Nos hizo atravesar pantanos y zarzales en busca de las flores más tempranas y nos enseñó dónde se cogían las más raras orquídeas. Parecía habernos abierto un libro maravilloso, y ambos admirábamos su minucioso conocimiento de la vida del bosque. Los anteriores amigos de Felipe siempre me habían disgustado porque le arrancaban de mi lado, pero Terry nos tomó por amigos a los dos desde el primer momento y nunca me despreció por ser niña ni por tener un par de años menos que ellos.
Esta felicidad se interrumpió para los tres cuando Felipe tuvo la desgracia de torcerse un tobillo al saltar de un árbol al suelo y, después de llegar a casa renqueando, hubo de permanecer en cama o en un sofá durante tres días. Yo me quedé en casa para acompañarle y puedo asegurar que mis esfuerzos para entretenerle tuvieron gran éxito, aunque estuvieron a punto de volver loca a la tía Margarita. Lo primero que hice fue traer a casa un patito del gaIlinero, vistiéndole de muñeca a pesar de sus protestas, y poniéndole un bonete sujeto con una cinta. De esta guisa entramos los dos a hacerle una visita al paciente. Después de reírnos un rato, nos olvidamos del patito, que andaba suelto por el comedor, de donde salió al pasillo y se encontró con tía Margarita. A ella no le divirtió nada la idea del patito con bonete porque ensuciaba la casa, de modo que, después de unos graznidos y aleteos, le vimos cruzar la pradera ostentando aún su precioso bonete aunque un tanto desarreglado.
Había que pensar en alguna otra cosa que nos entretuviera sin irritar al resto de la familia. Nada mejor que los soldaditos de plomo. Nos colocaros cada uno a un extremo del salón y pusimos nuestros respectivos ejércitos en orden de batalla. Las balas eran una docena de bolas de cristal que los generales lanzábamos por turno contra el ejército enemigo, contando luego las bajas producidas hasta que se nos ocurrió la idea de que una camada de gatitos que se estaban criando en la caseta de la leña formarían una caballería excelente. Salí corriendo y en un instante volví con un revoltijo de cabezas, patas y rabos, todo ello envuelto en suavísima y cálida piel. Solté en el suelo aquel brazado viviente y pronto lo separamos de forma que Felipe disponía de dos gatos negros como el carbón y yo tenía uno blanco y negro y otro rayado en gris. Al principio, la caballería gatuna se escondía por los rincones, pero pronto aprendieron a correr tras las bolas de cristal de la artillería y a darles manotazos a diestro y siniestro a los soldaditos de plomo así que entre los gritos de risa que nosotros dábamos al intentar recuperar nuestras municiones y nuestra caballería, y las carreras, saltos y maullidos de los gatos, se formó una batalla campal indescriptible. La diversión terminó cuando el gatito rayado se colgó del pico del tapete, arrastrándolo con su peso y tirando al suelo un hermoso jarrón de flores. Precisamente en aquel momento se abrió la puerta y entró tía Margarita, quien asombrada por el desorden general, pisó sin querer a uno de los gatitos, que se le enroscó en el tobillo clavándole uñas y dientes en legítima defensa. El gatito causante del estropicio aún no había conseguido desliarse del tapete, sino que rodaba envuelto en él por la alfombra, extendiendo por ella el agua del jarrón. Las ideas de tía Margarita sobre la mejor forma de divertirse y de curarse una torcedura de tobillo diferían mucho de las nuestras, pues a ella no le hizo la menor gracia lo que a nosotros tanto nos había divertido. En un santiamén estuvieron los cuatro gatitos en el leñero, Felipe tendido en el sofá con un libro en las manos, y yo, muy cariacontecida, fuera de la casa y con prohibición total de entrar en ella Estuve cosa de un cuarto de hora sentada en la pila de leña, enfadada con todos y con todo, repitiéndome una y otra vez que no había derecho a lo que habían hecho conmigo. Tía Margarita había dicho que todo había sido culpa mía, y no era así, pues por lo menos por esta vez la culpa era tanto de Felipe como mía. Era verdad que yo había sugerido la idea de los gatitos, pero Felipe la había aceptado al momento como un juego muy divertido, y, de todas formas, si estábamos de vacaciones, ¿por qué no ibamos a jugar? No había derecho a echarme a mí sola fuera de la casa. Odiaba a tía Margarita por haberlo hecho. Al fin y al cabo, la culpa fue del gatito que tiró el jarrón… y al pensar en el animalito revolcándose por la alfombra procurando desembarazarse del tapete, me eché a reír y me sentí muy aliviada de mi tristeza.
Salté de la pila de leña y me aproximé a unos lirios del valle tempranos para disfrutar su aroma. Esto acabó de hacerme olvidar la tristeza y el enojo. Precisamente lo que yo deseaba era estar fuera de la casa en tan hermoso día de primavera aunque estuviera sola. ¿Y si fuese al bosque? Tal vez pudiese encontrar por allí a Terry. Con este pensamiento me deslicé por el portillo del seto y comencé a caminar a toda prisa en dirección al bosque.
Ya la primavera había avanzado mucho y hasta parecía que tenía deseos de darle paso al verano. La pradera de los corderitos estaba amarilla de campanitas doradas, y los corderitos habían crecido como la espuma. Podía oír por todas partes su agudo balar, y las respuestas de voz más profunda de las madres. Me paré en el mismo lugar donde otra vez había hecho una cadeneta de margaritas y me pregunté qué sería del manso corderillo huérfano que con tanta efusión me había acariciado en los primeros días de las vacaciones.
No penetré mucho en el bosque, pues el sol estaba muy agradable donde la arboleda no era espesa y quería coger un ramo de flores de las que allí abundaban. Los helechos se habían abierto tanto que no dejaban ver las campánulas azules, pero a lo largo de las zanjas había muchas alverjas, y las orquídeas y las lechuguillas abundaban en los claros. Sin saber qué flores coger entre tantas, iba pensando en Felipe, en Terry, en Mamá, en los nidos, en los lejanos montes y en nuestra cabaña, hasta que prácticamente me olvidé de dónde me encontraba y me llevé una gran sorpresa al oír cerca de mí una voz de hombre.
Volví rápidamente la vista hacia el lugar de donde venía la voz, pero vi que no me llamaba a mí, sino que me daba la espalda, mirando con gran interés por los matojos más densos. Creo que no me había visto. Yo le reconocí al instante: era el viejo pastor de Cradley, que había recogido en sus brazos al corderillo huérfano se lo había llevado entre el chaquetón y el pecho. Como era una niña muy curiosa, quise averiguar qué estaba haciendo por allí, y para llamarle la atención me puse donde pudiera verme. Tan pronto se dio cuenta de mi presencia me dedicó una amplia sonrisa.
-«iVaya!» -exclamó- «Tú eres la niña que estuvo jugando con el corderito huérfano hace unos días, y mira por dónde te presentas en el momento oportuno. Uno de los traviesos corderitos se ha extraviado y mucho me temo que se haya quedado enzarzado en alguna espesura de la que no sea capaz de salir, pero ni le veo ni le oigo. Tú puedes ayudarme a buscarle?»
Yo misma me hubiera ofrecido a ello si no me lo hubiese pedido, pues era una tarea que me encantaba, y el anciano pastor, que me había enterado se llamaba señor Tandy, no podía ser mejor compañero, por lo que me puse a ayudarle con la mejor voluntad. Me encantaba este anciano con su cabello todo blanco y su rostro sonrosado. Por otra parte, tenía la sensación de que yo también le gustaba a él, algo así como si hubiera sido su nietecita. En pocos momentos nos encontramos metidos en conversación como si nos hubiésemos conocido de siempre.
-«¿Por qué se ha descarriado?» -quise saber mientras íbamos a poca distancia uno de otro buscando de matojo en matojo.
-«Supongo» -me explicó el señor Tandy- «que tiene la misma forma de ser que todos nosotros: le gusta hacer siempre su propia voluntad, no hacer caso de lo que se le enseña ni seguir el camino por donde se le guía, y por eso se ha metido en esta triste aventura que tal vez le cueste la vida.»
-«Estoy segura que ahora lamentará haberse separado de la manada, lo que desearía es estar brincando alegremente por el prado en lugar de hallarse prisionero entre espinos y zarzas.»
-«Seguro que sí» – asintió el señor Tandy- «Las zarzas y los espinos son quienes enseñan a los corderillos que lo que a ellos se les antoja hacer y Ios caminos por donde quieren extraviarse no son los mejores. Seguro que estará balando lastimeramente y lo que yo quiero es oír su balido para encontrarle.»
– «¿Se alegrará mucho si nos ve aparecer? iOjala le encontremos! Debe estar la mar de cansado y hambriento. iTiene usted algo que darle?»
-«Ya lo creo» -afirmó al tiempo que me mostraba una botella de leche que llevaba en el bolsillo.- «Tan pronto como le tenga en mis brazos meterá el hocico en mi bolsillo buscando su biberón. Bien sabe él que, por muy malo que sea, su viejo pastor no se olvida de darle de comer.» El señor Tandy sonrió como si recordase las veces que le daba el biberón al corderillo, y continuamos nuestra búsqueda, que se iba prolongando bastante.
– «Parece que se ha ido muy lejos de la manada»- observé.
-«Así es» -respondió algo pensativo el anciano- «A pesar de ello, le encontraremos. Nunca se me ha extraviado cordero u oveja que no haya logrado encontrar tarde o temprano. Siempre los oigo balar entre las peñas o las zarzas, y al fin los recojo aunque tenga que pasar todo el día y toda la noche buscándolos.»
-«¿Ha tenido usted que pasar de verdad todo el día y toda la noche buscando alguno de sus corderos?»
-«¡Ya lo creo! Recuerdo una vez que había una tormenta tan tremenda que no podía oir los balidos del pobre animalito a causa del viento y de los truenos. Era una ovejilla que se había quedado trabada en un zarzal y no la encontré hasta cerca del amanecer, ayudado por la luz de mi linterna. Estaba casi muerta de frío, de hambre y de los esfuerzos que había hecho para libertarse que no habían conseguido sino enredarla más.»
– «¿Qué hizo usted cuando la encontró?»
-«Pues ¿qué había de hacer, niña? Primero la desenredé de las zarzas que la tenían trabada, luego la tranquilicé acariciándola y teniéndola en mis brazos al mismo tiempo que le daba el calor de mi cuerpo, pues estaba muy asustada y casi helada. Una vez tranquila, porque sabía que en mis brazos nada tenía que temer, la alimenté para que se fortaleciera.»
Me disponía a hacerle otra de mis interminables preguntas cuando levantó la mano en señal de silencio, con el oído atento en cierta dirección. No me atrevía a moverme por temor de hacer algún ruido que le estorbase, y escuchaba también atentamente pero sin oír nada. Al fin, su fino oído de pastor captó un balido tan débil que yo no lo percibí, y reemprendió la marcha en dirección a una espesura, diciendo al mismo tiempo:
-«Seguro que es él. Tiene que estar en aquel zarzal.»

Cuando encontramos al corderillo parecía imposible que se hubiese metido tan profundamente entre aquella maraña de abrojos. Pero más increíble aún eran la destreza y el valor con que el pastor fue apartando, rompiendo o cortando los espinosos tallos hasta lograr extraer al animalito, hablándole sin cesar con cariño, como si comprendiese. Naturalmente, el corderillo no podía entender sus palabras pero la voz conocida del pastor le tranquilizaba Cuando le vimos estaba haciendo esfuerzos por libertarse, pero al oír la voz del pastor se quedó quieto como quien sabe que su salvación ha llegado. Dio un balido de reconocimiento y se quedó inmóvil. Yo creo que el pastor no dejaba de hablarle para que siguiese así y no se hiriese más con los espinos.
EI trabajo de sacarle del zarzal no fue fácil. Yo procuraba ayudar separando un poco las zarzas, pero no podía hacer nada. Fue el pastor quien, con paciencia y sacrificio, hiriéndose las manos, consiguió al fin alcanzar al corderillo extraerlo, sin darle importancia a la sangre que goteaba de sus manos y muñecas. Se sentó a descansar con el animalito en brazos y éste comenzó a meter la nariz en los bolsillos del tabardo del pastor hasta que dio con su biberón. Luego nos pusimos en camino hacia la majada, mi mano insignificante en la callosa y fuerte del señor Tandy, y el corderillo sin sacar el hocico del bolsillo donde estaba su alimento. Ahora el señor Tandy no decía nada, sino que parecía estar sumido en profundas meditaciones, y se notaba en su andar que iba contento. Yo deseaba hacerle más preguntas, intrigada por su silencio, pero no me atrevía. Cuando llegamos a la majada estaba ocultándose el sol, dándole al cielo un tinte parecido al de las conchas rosadas que yo había cogido algunas veces en la playa. Dejamos el corderillo entre los demás, metiéndose entre ellos con un balido de contento acomodándose para dormir.
-«Bien» dije, disponiéndome a despedirme- «me parece que es hora de volver a casa; le agradezco mucho que me haya permitido ayudarle a buscar el corderito, y espero que pronto nos veamos otra vez.»
Pero él me tomó cariñosamente por la mano y se sentó conmigo en el banco de madera que había junto a la puerta, diciendo:
-«Un momento, nenita. Antes que te marches quisiera que leyésemos juntos una historia acerca de otra oveja que se había perdido.»

Diciendo esto, sacó de su bolsillo un pequeño Nuevo Testamento, con evidentes señales de mucho uso y lo abrió por el capitulo 15 del Evangelio según San Lucas. Comenzó a leer con voz pausada, amable, con entonación propia de hombre de campo pero sin titubear en la lectura. Indudablemente, yo habia oído aquella historia antes, pero nunca me había interesado. En esta ocasión era muy distinto, pues parecía que la parábola del pastor y las ovejas cuadraba tan bien con aquel lugar, incluso con aquella hora, y con el episodio que habíamos vivido en el rescate del corderillo, que la escuché extasiada, reclinando mi cabeza en el hombro del señor Tandy que tomó mi gesto como la cosa más natural.
«Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.»
Cerró su Nuevo Testamento y, sin comentario alguno sobre lo leído, me dijo:
-«Buenas noches, señorita.»
-«Buenas noches» -le contesté yo,- «y gracias, muy de veras.»
Con esta despedida me puse en camino disfrutando del paseo por los campos dorados de campánulas.
Transcrito y adaptado del libro «El Secreto del Bosque», de la autora Patricia M. St. John. Impreso por la Unión Bíblica de España.

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