¿Alguna vez has tenido que lidiar con la decepción? ¿Has idealizado o tenido amistades que apreciabas, tal vez hasta el extremo de idealizarlas hasta tal punto que podría decirse que eran tus ídolos? ¿Tal vez tenías referentes que fueron de impacto y bendición en tu vida hasta que en un instante se te vino todo ese ideal abajo?

Si tu respuesta ha sido afirmativa, te aseguro que no eres únic@. Todos en algún momento en la vida pasamos por situaciones así. Puedo decirte en confianza que también lo he vivido y por eso puedo entender el dolor, la frustración, la tristeza hasta la rabia, el enfado y la ira que se van sucediendo cuando eso ocurre. Eso no quiere decir que tengamos que normalizarlas, que debamos acostrumbrarnos. NO. Lo que estoy diciendo es que debemos aprender a gestionarlo de una manera correcta. ¿Cómo?

Por favor, déjame compartir contigo un texto de la Biblia. Dios es el creador de nuestras emociones, nuestro razonamiento con todo lo que eso significa e implica. Con esto quiero decir que Él nos conoce mejor que nadie. El texto que quiero dejar contigo está aquí: Juan 21:20-23

¿Lo has leído ya? A simple vista puede parecer que no habla ni tiene que ver para nada con todo lo que he comenzado a decir. Sin embargo, si miramos el contexto inmediato vemos que acababa de ocurrir algo muy importante y trascendental que tenía que ver con el apóstol Pedro. Acababa de ser restaurado por el mismo Jesús a pesar de haber negado que conocía al Maestro por varias veces y en distintas ocasiones llegando incluso a maldecir y jurar para disimular. Todo esto cuando antes había dicho con mucha vehemencia «No te negaré» (Marcos 14:31). Tal vez podrían resonar las palabras del mismo Maestro cuando dijo: «A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.» Esto se encuentra en Mateo 10:32-33. Sin embargo, Jesús restaura a Pedro con una delicadeza y amor increíble, pero sin rehuir el recuerdo, el dolor por ello, demandando una respuesta genuina y auténtica. ¡Bendito equilibrio mostrado aquí por el Maestro! Te pregunto para que reflexiones: ¿Cómo reaccionas frente a los que te hacen una gran ofensa o te causan dolor? Contesta en los comentarios o a través de las diferentes plataformas. El ejemplo que nos deja Jesús es impresionante.

Jesús terminó el asunto con «Sígueme» que nos indica que siempre quiere una respuesta. Entonces, Pedro se fija en que estaba Juan por allí y, como has leído, le pregunta «¿Y qué pasa con éste?». Tal vez era curiosidad. Tal vez era que Pedro apreciaba mucho a Juan a pesar de la diferencia de edad. Tal vez las dos. La respuesta de Jesús nos muestra al menos dos cosas:

  • Los tratos de Dios con cada uno son diferentes. Esto es una verdad que nos hace ver que Él reconoce la variedad y la individualidad de cada uno. Y nos trata conforme a lo que necesitamos. Si Dios nos tratara a todos de la misma manera sería injusto. A veces mi mujer y quien escribe oímos a padres decir: «Yo he tratado a todos mis hijos por igual»… Muchas veces contestamos que eso es injusto. Muchas veces entendemos, conforme avanza la conversación, que lo que han querido manifestar es que se les ha dado la misma educación en valores y principios, no en los tratos. Aunque a veces nos hemos encontrado con padres que han tratado a sus hijos de la misma manera pasando por alto algo que ni Dios mismo pasa: el reconocimiento de la individualidad y, por tanto, de las necesidades y tratos distintos que cada persona necesita. Lo llamativo aquí es que Jesús no le explica a Pedro lo que tiene pensado para Juan, sino que le dice que eso no le corresponde a él saberlo. De ahí que podemos ver de manera clara que la relación con Dios es personal y única del mismo modo que tu código de ADN es único en el mundo entero.
  • El Maestro le hace un llamado muy importante: «Sígueme tú«. Es decir, pon tu vista en mí, olvida todo lo demás y a todos los demás. Sígueme a mí. Esa es la clave del Evangelio, que no es una doctrina (aunque tiene doctrina), no es moralidad (aunque sí que nos dice cómo vivir) ni cualquier otra cosa que podamos llegar a pensar. Es una PERSONA y ese es Jesús. Curiosamente, Pedro había tenido otras experiencias donde el Maestro le había mostrado lo mismo. ¿Podrías decirme algunas?

Así que, animo a mis herman@s en la fe, si están pasando algún momento de esos que he mencionado al principio, que pongas tu mirada en Jesús, que apartes tu vista de las decepciones, trances dolorosos y dañinos para poner tus ojos en el Maestro para que recibas de Él restauración (como Pedro), consuelo, aliento y ánimo. Te dejo para que leas Isaías 66:13. ¿Eso significa que hemos de ir cada uno por nuestro lugar para que no nos hagan daño? NO. Significa que la firme y segura ancla del alma es Jesús. Claro que ha dejado instrucciones y principios de conducta. En la serie «Restaurando relaciones rotas» trataremos algunos. Lo que deseo con estas líneas es que alces tu vista hacia el Maestro para que recibas lo que necesita tu alma, tu mente y tu cuerpo. Sí, cuando ocurren estas situaciones implica todo nuestro ser. Sólo Jesús como Creador y Salvador nuestro sabe cómo curarnos.

Y a ti que me lees y todavía no tienes una relación personal con Dios, con Jesús, déjame decirte que tu refugio para tu dolor, tu decepción y tus ideales es sólo el Maestro. No voy a decirte que solucionará todos tus problemas, ni que traerá de vuelta a esas personas que te hirieron, ni que cumplirá tus expectativas e ilusiones. Honestamente no lo sé, al igual que Pedro no sabía lo que iba a ocurrir con Juan. Lo que sí sé es que Jesús es la única PERSONA que no te va a fallar jamás y que va a trabajar en tu vida con una transformación tan radical y profunda que sólo se puede llegar a explicar si se experimenta. Comenzar una relación personal con Él es única. El alcohol no compensará tu dolor. Las drogas tampoco. El sexo desenfrenado te hará ahondar más profundamente en la decepción. Las cosas, el dinero o todo cuanto puedas imaginar no va a traer paz a tu alma. En cambio, Jesús puede transformar tu vida como sólo Él puede hacerlo. ¿Quieres conocerle?

¡Dios te bendiga!