Al escribir, la pluma tiene ese sonido repetitivo y característico cuando es empleada para plasmar pensamientos que hoy son obras de arte literario. Puede provocar emociones y hasta pensamientos contradictorios. Puede trasladarte a profundidades o mundos increíbles. Puede hacer que la mente se expanda, que aprendas cosas que de otra manera serían imposibles e incluso te abra un horizonte completamente nuevo…

Es posible que su sonido se transforme en algo incómodo, mordaz y, a veces, irritante. Es posible que con sus letras te acaricien mejor que la mano más suave. Es posible que el producto de su ritmo de impulse más allá de lo razonable y físico. Hasta es posible que llegue a molestar su sonido constante, rítmico y armonioso….

Después de ese frenesí de material escrito, de los embates y las luchas, de un cúmulo de  preguntas y respuestas, de la exposición de proyectos y sueños, de la elaboración al nivel de la ingeniería más profunda, recibiendo tratos tan distintos (y no a partes iguales) como la ignorancia, la indiferencia, la insolencia o el sarcasmo y a cuentagotas los estímulos, los manifiestos y el entendimiento; es posible que por esa dilatación del tiempo lleve al punto en que la pluma se canse, se caiga y ese sonido se vaya para no regresar nunca más…

Al llegar ese momento será entonces cuando nos demos cuenta de que necesitamos escuchar otra vez esa pluma escribir de nuevo.

O tal vez entonces no tengamos que contestar la incómoda pregunta: «¿Será demasiado tarde? ¿Volverá?»

Será en ese instante cuando nos demos cuenta de que el sonido de la pluma es algo más que un sonido.

Esto solo es un poco de prosopoesía instantánea